"Veo a una persona, cualquier persona, y me digo: 'Sí, sí, eso es lo que hay aquí afuera, qué máscara tan pulida y razonable, pero ¿qué hay allá adentro, en tu mar de fondo secreto?'" Hugo Hiriart.
13 de junio de 2005.
Mal día hoy. Insomnio hasta las cuatro de la mañana. Salí dos veces a la tienda abierta las 24 horas. Maldito calor. Compré un Gatorade de no sé qué sabor, sólo recuerdo que era verde. Fue a eso de las dos de la mañana. Escalofriante no poder dormir. Lo peor es que no tenía ánimo de leer; solamente quería dormir, y no podía. A eso de las tres y media salí de nuevo a la calle, esta vez con las bolsas de basura, para aprovechar el viaje. Compré cigarros. La enfermera vecina tenía prendida la luz. ¿Insomnio? No por mí. Durante un nanosegundo pensé en tocar su puerta. Ya me imagino: "Hola vecina, salí a tirar la basura; como no puedo dormir, quisiera tratar de hacerlo en su cama, con usted, claro." "Sí, sí, vecino. Lo esperaba. Pase." En todo caso, logré dormir tres o cuatro horas.
Después pasó un amigo por mí, para ir a reinscribirnos en la universidad. En la carrera de Literatura. Mejor no haberlo hecho: por su descuido al olvidar ciertos papeles tuve que esperar a que terminara de hacer el trámite. Maldito calor.
Mientras mi amigo, J. M., hacía cola en el banco, fuí a una libreria. El primer nivel es aburrido, así que decidí subir al segundo. "Pero permítame su mochila, joven." Ja. Si supieran lo fácil que es meter un libro entre tus pantalones. Lo único que me tentó fue un texto de Torri acerca de la literatura española, ublicado por el Fondo de Cultura Económica. Me aburrí. En una tienda de ropa, que se llama C&A, una empleada trató de hacerme tramitar una tarjeta para comprar prendas a crédito. Falló, pero tenía bonitas nalgas. Se llama Alexandra o algo así. Ah, y sus ojos son enormes "como dos platos soperos", según diría Pedro Picapiedra. "¿Para qué necesito deudas? ¿Tú necesitas deudas?" "No", dice ella. "¿Entonces?" Me enamoré en cuatro minutos de estira y afloje. Pero yo tengo la culpa, por meterme a una tienda de ropa. El aburrimiento.
Al terminar sus trámites mi amigo, fuimos a comer hamburguesas. Mientras comíamos, mencionó a alguien que ya no me cae bien. "La comida es sagrada, le dije. No se habla de cosas repugnantes en la mesa." Así que terminamos de comer, con la cabeza gacha.
Luego fui a despedirme de otro amigo que trabaja en la biblioteca y compré el boleto de autobús a Tapachula. Al llegar a casa me encerré en mi habitación e intenté leer algo; pero desistí. Recordé que en la mañana encontré a alguien que me avisó de un concurso de poesía. Es la cuarta persona que lo hace. ¿Por qué? Se supone que estudio letras y que leo y casi me acuesto con libros;además de que a veces me da por escribir mis versitos; pero de ahí a ser poeta de verdad... Prefiero ser lector. Ah, leer me libera de mí. Soy un escapista, un mago, un fugitivo de mi propia conciencia. Pero tampoco soy un buen lector, es decir, no he leído tanto como quisiera. ¿Quién puede?
Una ambulancia pasa por aquí. Son como bestias bienhechoras, algo así como hipopótamos que drenan pantanos o rinocerontes que extinguen pequeñas fogatas. Las ambulancias van y vienen, enloquecidas, a través de las puertas del Erebo. Por eso chillan desesperadas.
Pero mañana me voy. "Pero el viajero que huye", como diría Gardel. Pienso en la persona que se sentará a mi lado. De seguro será alguien plano, laxo, sin imaginación, sin charla. Alguien que alzará la vista solamente al comenzar la película. Ojalá choquemos.
asterion.

