CARTA A MI PADRE.
Por: Víctor M. Ríos Ruiz.
Como quisiera que estuvieras a mi lado como en aquellos tiempos cuando aún vivías.
Hace tres años que te fuiste a ese viaje sin retorno y todavía no me acostumbro a tu ausencia.
Eras el faro de mi existencia.
Por ti aprendí a vivir.
Por ti soy lo que soy: un hombre de bien, porque me enseñaste el camino recto de la vida.
Aprendí a amar a mi patria y a mis semejantes porque tú, como maestro que fuiste en las aulas y en la vida, me nutriste con tus enseñanzas en las que siempre se exaltaban los grandes valores de la humanidad.
Siempre tuve de ti cariño y paciencia, comprensión y aliento, alegría y firmeza.
Bastaba tu sola presencia para que todos mis males se mitigaran . Eras el lenitivo de mi dolor y la luz en mis noches oscuras.
¡ Con cuánto amor recuerdo esas sendas en movimiento que el tiempo puso en tu rostro, a las que daba mi filial caricia porque sabía que eran el reflejo de una vida digna!
Se que amabas la poesía porque siempre estuvo de manifiesto en cada uno de los actos de tu vida, como se desprende de este florilegio que alguna vez te escuché:
" Poesía es el eco de un México pujante
que resuena, en el temple del riel,
en el arado que va abriendo
los surcos de la patria"
Y me sentí poeta yo también para escribirte lo que hoy te escribo.
No sé si en esta carta haya poesía; no obstante, te aseguro, que va mi corazón cargado de emociones en cada palabra que imprimo, porque sé que me estás viendo y escuchando desde tu lecho eterno.
No sabes cuánto siento que te hayas ido. De pronto me quedé en el desconcierto, y aún con los años ya vividos, con la experiencia reflejada en cada una de las arrugas de mi frente, siento que me falta tu consejo, tu apoyo, tus bendiciones...A pesar de eso, tus ejemplos me siguen guiando.
Perdona que lo diga, pero a veces eres mi consuelo para desear la muerte, porque pienso que allá te encontraré para platicar contigo como lo hacíamos antes. Sin embargo soy respetuoso y amoroso de la vida como tú me enseñaste y seguiré siéndolo hasta que Dios quiera llevarme.
Me despido de ti, no sin antes escribirte un poema, como a ti te gustaba, en el cual te expreso mi sentimiento más profundo de respeto y veneración.
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Me diste, padre, con la fe encendida
un árbol que estremece el sentimiento,
y me exclamaste con gentil acento:
¡ tómalo hijo, es el árbol de la vida!
Lo sembré con mi mano enternecida
y en sus cuidados siempre estoy atento,
prodigándole el agua del sustento,
deseando ver su fronda florecida.
Esperanza en retoños virginales
que brotan con la savia bendecida
dispersa entre sus venas vegetales.
Y cuando mi alma está desfallecida,
me transmite consuelos paternales,
porque en ese árbol recibí la vida.







