Su Real Majestad,

¿Por qué habría limitarme al Poker?

Unamos, pues, al delicado consenso y a la severa coerción.

Recuerde que no somos dos, sino tres: el Santísimo pelea de nuestro lado.


Que nuestros proyectos no sean sólo un castillo de naipes.


A mayor gloria de Dios y nuestros súbditos.


Vuestra Merced, Reina de Corazones.


¡Qué le corten la cabeza!