Para los convalecientes: Yo leí La montaña mágica en unas circunstancias muy peculiares. Hace unos años, como a finales de Julio, de la manera más estúpida posible, me hice una fisura en el dedo meñique de la mano derecha, por lo que me pusieron una escayola hasta el codo que tuve que soportar cuatro semanas. Si ya de por si es molesto tener una alfombra de yeso enrollada en el brazo, en pleno agosto ni les cuento, además me la apretaron tanto que tenía que estar tomando medicinas para mitigar el dolor. Fue entonces cuando empecé a leer La montaña mágica y me vino de perlas la compañía de otros achacosos como yo, el dolor y la espera se hicieron mucho más llevaderos. Acabé de leer el primer tomo poco después de me quitaran la escayola , pero no llegué a leer el segundo, lo reservaré para cuando me vuelva a romper otro hueso.


Para noctámbulos:Estoy de acuerdo con que las novelas de terror se han de leer de noche. Yo lo hice así con el resplandor lo empecé al caer la tarde y seguí durante la noche, no se si estaba ese día especialmente sensible, pero me aterrorizó tanto que ni me atrevía a ir al baño. Interrumpí la lectura de puro miedo. Al día siguiente ya sólo me quedaba el segundo volumen y me las apañé para acabarlo antes del anochecer, aunque claro de día más que miedo me daba risa.


Para los día de lluvia: Las novelas de detectives, especialmente dos: La dama de blanco y La piedra lunar.

Para leer junto al mar: Primera memoria de Ana María Matute, Las escalas de levante de Amin Maalouf

Para los días gélidos: Los rusos, Dickens

Para las noches de insomnio veraniegas: Las novelas urbanas, especialmente las neoyorquinas.

Para leer bajo un árbol: La biblia envenenada, Matar a un ruiseñor