Encontré el siguiente artículo que creí interesante para compartir.
Espero lo disfruten...
Salu2
Alexabis
por David Landesman

En un temerario ejercicio de imaginación, supongamos que un casi desconocido escritor colombiano, un tal Gabriel García Márquez, envía el manuscrito de una novela a un editor argentino. Como la novela tiene el insípido título de “La casa”, el editor no le presta demasiado atención y pasa a otra cosa. Pero, poco antes de terminar su obra, resulta que el autor tuvo la buena idea de cambiarle el nombre. Ahora, su libro se llama Cien años de soledad. El editor, atraído por un título tan sugerente, se interesa en ver de qué se trata y comienza a leer. De aquí en más, la calidad del texto lo lleva a leer toda la novela, decidir su publicación y producir uno de los más grandes éxitos editoriales de todos los tiempos.
Se nos dirá que este ejemplo es bien característico de los años sesenta, cuando no era tan extraño encontrar un editor dispuesto a leer obras de autores ignotos y animarse a publicarlas. Sin embargo, no ha disminuido el atractivo que un buen título puede despertar en editores y, luego, en los lectores.

El valor de un título
Es realmente difícil determinar cuál es la influencia de un buen título en el mayor o menor éxito de una obra literaria. Con ironía, Somerset Maugham dijo una vez que “un buen título es el título de un libro exitoso”. Pero, cuando vamos a una librería, si no conocemos al autor, ¿compraríamos un libro que se llame “La ballena”? Después de todo, ese era el título que pensó originalmente Herman Melville para su ahora súper clásico Moby Dick.
Más cerca en el tiempo, una mujer escribió una novela sobre la guerra civil estadounidense y la tituló “Mañana es otro día”. Pero, poco antes de enviarla, eligió el que sería el título definitivo y uno de los más perdurables de toda la literatura. ¿Quién desconoce de qué se trata Lo que el viento se llevó? Es muy difícil determinar cuánto de la enorme popularidad de la obra de Margaret Mitchell y la consiguiente película se deben al título. Pero admitamos que el título definitivo es mucho mejor que el original, y que no tuvo poco que ver en la enorme difusión comercial de la obra.
Ahora bien, ¿por qué decimos que Lo que el viento se llevó es mejor que “Mañana es otro día”? El primero es un título provocativo, insinuante, vivo. El segundo, en cambio, es trivial, pobre y, lo que es peor, no llama demasiado la atención.
Antes de seguir, aclaremos que el más apasionante de los títulos no alcanza a conformar una buena obra. Si el texto no se puede ni leer, no lo salva ni el mejor de los títulos. Pero si una buena obra tiene un título llamativo y “ganchero”, los lectores se sentirán atraídos y querrán incursionar en un texto que merece o no ser conocido.

La historia de los títulos
Detrás de cada título famoso hay una historia. No siempre los títulos con que conocemos a las grandes obras eran los imaginados por el autor al principio. En muchos otros casos, son los editores los que deciden cómo se llamará la obra. Raymond Chandler le escribió una vez a su editor, el famoso Alfred Knopf: “Estoy pensando un buen título para que luego me pidas que lo cambie”.
El muy sugerente título ¿Quién le teme a Virginia Woolf? nació cuando el autor de la obra, el dramaturgo Edward Albee, vio esta extraña pregunta pintada a modo de graffitti en la pared del bar neoyorquino al que solía ir a tomar unos tragos. Tiempo más tarde, cuando terminó su obra, recordó la pintada y la utilizó para titularla.
Uno de los grandes de la serie negra, James Cain, contó dos versiones acerca de su famoso título El cartero siempre llama dos veces. Primero dijo que su cartero solía tocarle el timbre dos veces cuando le traía una factura y sólo una cuando traía cartas personales. La situación más habitual le habría inspirado el título. En otra oportunidad, Cain relató que su cartero le tocaba dos veces el timbre cada vez que le traía uno de sus manuscritos rechazados por algún editor. Los rechazos eran tan frecuentes que, cuando el cartero tocó finalmente una sola vez anunciando que le aceptaban una obra, Cain decidió usar el conocido título en recuerdo de sus muchos malos años.
Una vez, William Faulkner tuvo la idea de titular a una de sus novelas “La cruz: una fábula”. Pero la cruz del título, según sus osados planes, debía aparecer con su clásico símbolo en la portada del libro. Sus editores rechazaron de plano la propuesta aduciendo que los libreros no tendrían forma de ubicarlo en sus catálogos, ordenados alfabéticamente. Finalmente, el libro se llamó simplemente Una fábula.
Francis Scott Fitzgerald era tan gran escritor como mal titulador. Para su novela más famosa, El gran Gatsby, había pensado títulos tales como “Trimalchio” (haciendo referencia al patrón rico del Satiricón de Petronio), “Gatsby, el del sombrero de oro” o “El amante fanfarrón”. En este caso, el sentido común de los editores merece un agradecimiento.
Una buena fuente de títulos siempre ha sido y es Shakespeare. Muchos autores suelen extraer frases del autor de Hamlet para nombrar a sus obras. Algunos ejemplos: Los perros de la guerra, Pálido fuego, En busca del tiempo perdido, El sonido y la furia, Rosencrantz y Guildenstern están muertos, y muchos más.
Afortunadamente para D. H. Lawrence, ninguno de los títulos que eligió originalmente para sus principales obras vio la luz. Así, “Paul Morel” se convirtió en Hijos y amantes, “John Thomas y Lady Jane” se conoce como El amante de Lady Chatterley; y “El anillo de bodas” se llamó finalmente Mujeres enamoradas.
Herman Melville trabajó durante años en su mayor novela: Moby Dick. Pero, en un principio, el autor pensó seriamente en titularla con el poco interesante título de La ballena. Los editores del libro, que se negaban a utilizar este título tan poco atractivo, comenzaron a buscar desesperadamente un nuevo nombre para la obra. A partir de una noticia aparecida en los periódicos de la época, en la que se relataba una monumental persecución de una ballena blanca gigante llamada Mocha Dick, sugirieron una leve alteración del nombre de la ballena para el libro de Melville, con la esperanza de atraer al público, aún conmovido por la historia verdadera. De todos modos, la primera edición de Moby Dick fue un fracaso que recién se revertiría, con creces, años más tarde.
Uno de los títulos más atractivos de la historia de la novela popular es, sin lugar a dudas, Lo que el viento se llevó. Pero la autora, Margaret Mitchell, trabajó durante diez años en esta novela pensando en el título “Pansy”, que era el insulso nombre con que se iba a llamar originalmente la heroína que hoy conocemos como Scarlett O´Hara. A menos de seis meses de la edición, la autora le cambió el título a su obra por el de “Mañana es otro día”. Pero lo descartó cuando se enteró que había otros dieciséis libros que comenzaban con la palabra “Mañana”. Finalmente recurrió a un párrafo de su propio libro, que incluía la frase que pasaría a la historia, basada a su vez en un poema romántico (género que fascinaba a Mitchell) de Ernest Dowson. Dicen las malas lenguas que, además, la autora había considerado títulos tales como “Jettison”, “Hitos” y (no se rían, por favor) “¡Ba! ¡Ba! Oveja negra”.
En relación a los títulos, Milan Kundera dijo una vez que “cualquiera de mis novelas podría llamarse La insoportable levedad del ser, o La broma o El libro de los amores ridículos. Mis títulos son intercambiables, reflejan el pequeño número de temas que me obsesionan, me definen y, lamentablemente, me restringen. Más allá de estos temas, no tengo nada que decir o escribir”.
Antes de terminar su obra 1984, George Orwell la había titulado “El último hombre en Europa”, influenciado por los tiempos oscuros que se vivían en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, entre totalitarismos y muerte. Pero, disconforme con este título tan sombrío, simplemente optó por invertir los últimos dos dígitos del año en que terminó su obra.
El guardián en el centeno es un título tan sugerente como misterioso, al igual que su autor, J. D. Salinger, famoso por su reclusión y su aversión al resto de los mortales. Aunque el título aparece en uno de los diálogos de su protagonista, Holden Caulfield, el autor dijo en uno de los escasísimos reportajes que brindó que “a Holden no le gustaría ese título”.
Un particular cambio de títulos sobre la marcha fue el que intentó Tolstoi. Su intención original, cuando comenzó a escribir su monumental La guerra y la paz, era mostrar un panorama de Rusia en los complicados años que siguieron a la era napoleónica, en la década de 1820. Así, la novela se iba a llamar “1825”. A medida que avanzó en su obra, el argumento se fue centrando en el transcurso de las guerras napoleónicas. Trasladó entonces a sus personajes veinte años al pasado y retituló su trabajo “1805”, título con el cual comenzó a publicarse por entregas en un periódico ruso. Muchos capítulos más tarde, Tolstoi decidió llamar a su novela, aún en formación, con el título optimista de “Todo está bien cuando termina bien”. Su propósito era el de dotar de finales felices a todos sus personajes. Sin embargo, el libro creció y creció hasta dimensiones impensadas y, dentro de su obra de ficción, Tolstoi redactó un muy serio ensayo sobre la historia de Rusia. Así que consideró que su obra requería de un título más solemne. Consideró entonces que la guerra y la paz eran los elementos básicos de siglos de vida rusa. Y así nació el título de una de las mayores obras de todos los tiempos.
Una historia divertida en el mundo de los títulos, aunque no se trate de ficción, es el del trabajo firmado por el famoso hombre de negocios estadounidense Donald Trump. Después de un exitoso primer libro, ya estaba listo para ser editada su segunda obra, titulada originalmente “Sobrevivir en la cima”. Pero, a días de su publicación, se conoció la noticia de que Trump estaba al borde de la quiebra, suerte que seguiría la editorial si no tomaba alguna medida con rapidez. Entonces, editaron el libro con el título El arte de sobrevivir. Aunque lejos de la cima, este nuevo nombre posibilitó la edición de un libro que estaba condenado a evaporarse, al igual que el adelanto millonario que había oblado la editorial.
Dentro del género de los ensayos, otra historia muy graciosa tuvo como protagonista a la famosa recopilación de discursos de Winston Churchill, publicada en Inglaterra con el título de Las armas y el acuerdo. El editor norteamericano consideró que este título no significaría demasiado entre el público de su país y le pidió al político que proponga una alternativa. Entonces, Churchill telegrafió su sugerencia: “The years of the locust” (El año de la langosta). Pero el operador de turno tipeó mal este título, que llegó a Estados Unidos como “The years of the lotus” (El año del loto). Los editores, pese a creer que Churchill había enloquecido, quisieron hacerle honor a su propuesta. Así, partiendo de la leyenda griega que decía que el loto produce sueño, retitularon su obra como “Mientras Inglaterra duerme”. De más está decir que el libro resultó sumamente exitoso, pese o gracias al distraído trabajador de correos.

Cómo titular en cuatro lecciones
1. Un título debe ser memorable. En años de trabajo en talleres literarios y en la edición de este periódico, el autor de estas líneas se ha encontrado con innumerables trabajos con títulos tan atractivos (?) como El perro, Mi maestra, Mi padre, etc., etc. No tiene por qué ser así, pero nuestra experiencia nos dice que detrás de títulos tan poco interesantes difícilmente se encuentre un buen texto. Además, la principal función del título es provocar en el lector el deseo de leer lo que sigue.

2. El título debe tener relación con la novela o el cuento. Un buen título debe generar expectativas en relación al contenido del texto, debe incitar a conocerlo. Pero si el tono del título poco tiene que ver con el relato, el lector se sentirá defraudado más allá de la calidad del trabajo. Si vamos a leer un cuento titulado “Don Zoilo, el renegado”, esperamos leer una historia de gauchos o de hombres de campo. Si nos encontramos con un relato de ciencia-ficción o un policial negro clásico, el autor debe esmerarse demasiado para que el lector no se sienta impulsado a enviarle una carta de protesta reclamando la devolución de su dinero.

3. El título no debe explicar el texto. En el camino, nos hemos encontrado con infinidad de cuentos titulados con proverbios o con moralejas del tipo de “El que mal anda mal acaba” o “A mal tiempo, buena cara”. Por un lado, estos títulos son harto trillados y aburridos. Pero, lo que es aún peor, nos cuentan el final de la historia. ¿Qué interés podemos tener en leer un texto que, de entrada, ya sabemos como concluirá? Un buen título debe generar expectativa y jamás contar el desenlace de la narración.

4. No hay como una buena metáfora. ¿Qué tienen en común tan buenos títulos como Suave es la noche, El corazón es un cazador solitario, La guerra del cerdo, Viñas de ira, El guardián en el centeno? Todos estos títulos son metáforas. Unen cosas que nunca antes han estado juntas. Son intrigantes sin ser obvios, incitan a la imaginación y son difíciles de olvidar.

Para concluir, bien vale dejar hablar a Ernest Hemingway, otro gran escritor que supo ser protagonista de muchas pesadillas de sus editores, por su escaso talento para crear buenos títulos. Él mismo lo reconoció en esta cita: “Después de terminar un cuento o un libro, escribo una gran lista de títulos tentativos. He llegado a escribir hasta cien. Luego, comienzo a eliminar los que no me gustan, uno por uno. La mayoría de las veces, lamentablemente, los descarto a todos.