Todos los días, por la mañana, menos temprano de lo que debería pero no tan tarde como para merecer represalias, arranco mi coche y recorro una enorme cantidad de kilómetros por la, dicen, autopista más peligrosa de Europa. Esta afición me viene desde hace casi un año, y he tenido la suerte, la precaución, o ambas cosas unidas a la ayuda de algún ángel, de no sufrir ningún percance más allá de las largas esperas en colas interminables provocadas por lo poco imaginativo de mi forma de ganarme la vida.
El día de ayer comenzó como un Lunes cualquiera, aderezado por un enorme cansancio fruto de las raciones de tos que mi hija nos propinó, durante la noche, a mi mujer y a mí. El tráfico a la salida de la ciudad era infernal, tanto que consumí el doble de tiempo en recorrer la misma distancia de ida de todos los días. Diez horas después de salir se repetía la misma historia: 135 kilómetros hasta casa, rematados por una avería de alguien en el sitio equivocado a una hora poco conveniente. Sin embargo otro alguien, menos desconocido que el conductor malparado, quiso que el Lunes terminase de manera diferente a casi todos los demás. Al llegar a casa, sin haber tenido tiempo siquiera de soltar las llaves, mi mujer me dijo que Mi Amigo había muerto.
Dejaba mujer, joven, y dos hijos, pequeños. Se quedaban sus compañeros de trabajo, sus amigos y también, imagino, sus padres y demás familiares. Y también nos quedábamos sus conocidos, personas que habíamos tratado con él, que, en algún momento, compartimos espacios juntos. Muchas personas, dado, además, el carácter de su ocupación, en la que se relacionaba, día a día, con mucha gente: público, ciudadanos, contribuyentes.
Todo había ocurrido, según le contaron a mi mujer, el fin de semana pasado, cuando Mi Amigo volvía a casa después de una fiesta de cumpleaños de algún amiguito, o primo, no lo sé, de sus hijos. Su mujer iba delante, en el coche, con los niños. Mi Amigo detrás, en la moto, a corta distancia. Me imagino a su mujer mirando repetidas veces por el retrovisor, comprobando que seguía allí, pendiente de ellos. Casi puedo ver con claridad las bromas que gastaron en los semáforos, cuando Mi Amigo, utilizando la flexibilidad de su vehículo, alcanzaba a su familia y les hacía carantoñas a sus hijos, provocando la risa de estos. Por lo visto, en algún momento del trayecto, Mi Amigo, por motivos que desconozco, cayó por un terraplén, sin ir a excesiva velocidad; seguramente sin haber incumplido ninguna norma de tráfico. Una caída como tantas que, seguro, experimentó en los largos períodos de aprendizaje que preceden a la maestría en la conducción de bicicletas o motos. Pero esta caída fue diferente. Algo se le clavó, en nosequé parte del cuerpo, provocándole la muerte. Desconozco sí en el acto o después; aunque este detalle importa poco, y por ello prefiero no conocerlo.
Mi Amigo murió por un despiste (casi seguro), y yo le conocía. Es posible que, de estar aquí ahora, él también admitiera conocerme, porque, aunque hace ya mucho tiempo, Mi Amigo y yo trabajamos juntos, o mejor dicho en el mismo sitio, y su mujer conocía a la mía, y yo también conocía a su mujer. Por esas extrañas coincidencias de las grandes ciudades, donde nadie se conoce, nosotros los conocíamos a ambos. Mi Amigo, claro está, podía entrar dentro de la categoría de personajes públicos, puesto que lo suyo era el público, en el escenario de la realidad. Pero, nosotros, mi mujer y yo, sin ellos siquiera sospecharlo, invadíamos su intimidad más allá de las 7 horas que Mi Amigo dedicaba a escuchar los problemas de los habitantes de su ciudad. Todo lo cual añade una nota final al lógico sentimiento que experimenté al conocer la noticia; como una escala polifónica perfecta: Mi Amigo trabajó conmigo, la mujer de Mi Amigo estudió con una amiga de mi mujer, pidió trabajo, en una ocasión, en mi empresa, el hermano de mi mujer trabajaba con Mi Amigo, mis antiguos amigos desayunaban en ocasiones con él ... Muchas referencias para obviar su precipitada marcha.
No recuerdo el nombre de su esposa, ni tampoco conozco su dirección ni teléfono, ni siquiera me creo en el derecho de ponerme en contacto con ella para expresarle mi adhesión a su pena. Por eso escribo aquí para intentar descargarme de la amargura que me produjo la noticia.
Amigo Mío, dondequiera que estés, quiero expresarte mi dolor por lo que os ha pasado. Lo siento muchísimo.
El día de ayer comenzó como un Lunes cualquiera, aderezado por un enorme cansancio fruto de las raciones de tos que mi hija nos propinó, durante la noche, a mi mujer y a mí. El tráfico a la salida de la ciudad era infernal, tanto que consumí el doble de tiempo en recorrer la misma distancia de ida de todos los días. Diez horas después de salir se repetía la misma historia: 135 kilómetros hasta casa, rematados por una avería de alguien en el sitio equivocado a una hora poco conveniente. Sin embargo otro alguien, menos desconocido que el conductor malparado, quiso que el Lunes terminase de manera diferente a casi todos los demás. Al llegar a casa, sin haber tenido tiempo siquiera de soltar las llaves, mi mujer me dijo que Mi Amigo había muerto.
Dejaba mujer, joven, y dos hijos, pequeños. Se quedaban sus compañeros de trabajo, sus amigos y también, imagino, sus padres y demás familiares. Y también nos quedábamos sus conocidos, personas que habíamos tratado con él, que, en algún momento, compartimos espacios juntos. Muchas personas, dado, además, el carácter de su ocupación, en la que se relacionaba, día a día, con mucha gente: público, ciudadanos, contribuyentes.
Todo había ocurrido, según le contaron a mi mujer, el fin de semana pasado, cuando Mi Amigo volvía a casa después de una fiesta de cumpleaños de algún amiguito, o primo, no lo sé, de sus hijos. Su mujer iba delante, en el coche, con los niños. Mi Amigo detrás, en la moto, a corta distancia. Me imagino a su mujer mirando repetidas veces por el retrovisor, comprobando que seguía allí, pendiente de ellos. Casi puedo ver con claridad las bromas que gastaron en los semáforos, cuando Mi Amigo, utilizando la flexibilidad de su vehículo, alcanzaba a su familia y les hacía carantoñas a sus hijos, provocando la risa de estos. Por lo visto, en algún momento del trayecto, Mi Amigo, por motivos que desconozco, cayó por un terraplén, sin ir a excesiva velocidad; seguramente sin haber incumplido ninguna norma de tráfico. Una caída como tantas que, seguro, experimentó en los largos períodos de aprendizaje que preceden a la maestría en la conducción de bicicletas o motos. Pero esta caída fue diferente. Algo se le clavó, en nosequé parte del cuerpo, provocándole la muerte. Desconozco sí en el acto o después; aunque este detalle importa poco, y por ello prefiero no conocerlo.
Mi Amigo murió por un despiste (casi seguro), y yo le conocía. Es posible que, de estar aquí ahora, él también admitiera conocerme, porque, aunque hace ya mucho tiempo, Mi Amigo y yo trabajamos juntos, o mejor dicho en el mismo sitio, y su mujer conocía a la mía, y yo también conocía a su mujer. Por esas extrañas coincidencias de las grandes ciudades, donde nadie se conoce, nosotros los conocíamos a ambos. Mi Amigo, claro está, podía entrar dentro de la categoría de personajes públicos, puesto que lo suyo era el público, en el escenario de la realidad. Pero, nosotros, mi mujer y yo, sin ellos siquiera sospecharlo, invadíamos su intimidad más allá de las 7 horas que Mi Amigo dedicaba a escuchar los problemas de los habitantes de su ciudad. Todo lo cual añade una nota final al lógico sentimiento que experimenté al conocer la noticia; como una escala polifónica perfecta: Mi Amigo trabajó conmigo, la mujer de Mi Amigo estudió con una amiga de mi mujer, pidió trabajo, en una ocasión, en mi empresa, el hermano de mi mujer trabajaba con Mi Amigo, mis antiguos amigos desayunaban en ocasiones con él ... Muchas referencias para obviar su precipitada marcha.
No recuerdo el nombre de su esposa, ni tampoco conozco su dirección ni teléfono, ni siquiera me creo en el derecho de ponerme en contacto con ella para expresarle mi adhesión a su pena. Por eso escribo aquí para intentar descargarme de la amargura que me produjo la noticia.
Amigo Mío, dondequiera que estés, quiero expresarte mi dolor por lo que os ha pasado. Lo siento muchísimo.

