Articulo de Epigmenio Carlos Ibarra publicado en Milenio Diario a raìz de la visita del presidente español Aznar a México (segun muchos a tratar de convencer a Fox de que vote en la ONU a favor de la intervención militar en Irak).
Epigmenio Ibarra
Llévese sus espejitos
www.milenio.com/nota.asp?id=70055
Un fragmento:
"Con toda seguridad usted, señor Aznar, no habrá de pisar jamás el frente de guerra. Tampoco sus hijos, o los hijos de sus amigos y compañeros de gobierno y de partido estarán en la línea de fuego. Acaso alguno, un orgulloso teniente o capitán, si los norteamericanos le conceden a la Real Fuerza Aérea algo mas que el papel de mandaderos, tendrá la oportunidad de lanzar unas bombas y anotarse en su hoja de servicios el dudoso honor de haber provocado unas cuantas bajas colaterales. No señor Aznar, esa guerra que anda promoviendo y que habrá de manchar de sangre sus manos no llevará a su casa duelo alguno. Ni crespones negros por los caídos, ni muletas para aquéllos a los que mutiló una mina. Así es fácil cumplir con la triste y vergonzosa tarea de andar de escudero del fundamentalismo norteamericano. Qué vergüenza. Mire: llévese sus espejitos a otra parte. Ya no estamos para cambiar el oro por las baratijas que ofrece. En todo caso, señor Aznar, ándese a Washington de una vez a recibir sus órdenes.
...
Yo tuve el infortunio, señor Aznar, de vivir la guerra. He resgitrado con mi cámara el momento preciso en que una mina revienta a un ser humano. He visto agonizar a un hombre joven, en la plenitud de la vida, partido el pecho por un disparo de M60. He visto picar sobre una columna de civiles a los helicópteros artillados y aún, a diez años de distancia, me produce una estremecimiento en el estómago el recuerdo de los rockets y las bombas cuando estallan. Perdí la cuenta de las madres dolientes, de las familias partidas, de los cadáveres regados en el campo. De los decapitados, de los mutilados. He visto llorar a hombres armados hasta los dientes. Los he visto cagarse de miedo. Suplicar. He visto a los más orgullosos oficiales destripados. He recogido en el fango condecoraciones, placas de identificación. Caminé por entre las pilas de muertos de la morgue de Sarajevo, entre los fierros retorcidos del llamado callejón de la muerte a la salida de la ciudad de Kuwait donde fueron masacrados, cuando se retiraban, los otrora orgullosos guardias republicanos. Recuerdo horrorizado una zona en las faldas del Volcán San Salvador conocida como el playón y donde los escuadrones de la muerte tiraban los cuerpos de sus victimas.
Yo, señor Aznar, he sentido vergüenza, asco, dolor profundo, impotencia. No puedo mirar a mis hijos a los ojos sin rezar, no sé a quien, que la guerra, que es un monstruo grande y pisa fuerte, no los alcance. Siento todavía vergüenza porque tuve que dejar, desfalleciente, a una anciana que se desangraba, herida de un muslo, en una carretera. Tengo en el alma muchas cuentas pendientes de las muchas ocasiones en que no pude detener a la muerte que devoraba ansiosa a un civil inocente o a un desafortunado combatiente que quedaba ahí, insepulto, pudriéndose. Siento todavía dolor e impotencia porque he visto morir niños, muchos niños, demasiados niños. Niños, inocentes iba a decir, imagine el grado de estupidez, ¿como si los niños pudieran ser otra cosa?, a los que una bala perdida, una esquirla de mortero, una ráfaga de fusil arrebató la vida. A unos mientras jugaban, a otros mientras dormían. Y he visto a sus madres desesperadas clamando justicia o simplemente llorando inconsolables, y entonces he debido retratarlas, entrevistarlas. ¿Se imagina? Buitre. Zopilote. Reportero. ¿Qué siente usted, señora? Las preguntas más estúpidas y las mas necesarias porque a fin de cuentas para exorcizar la guerra hay que documentarla. Me acuerdo del niño asesinado al amanecer, mientras caminaba rumbo a la escuela en Sarajevo. Tengo su rostro clavado, tatuado, esculpido para siempre en mi memoria. Por él, por tantos muertos y por los poetas de España le pido, le exijo que vaya. Que calle y se vaya a otro lado con sus cantos de guerra.
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Apaga la T.V. y enciende un buen libro
Epigmenio Ibarra
Llévese sus espejitos
www.milenio.com/nota.asp?id=70055
Un fragmento:
"Con toda seguridad usted, señor Aznar, no habrá de pisar jamás el frente de guerra. Tampoco sus hijos, o los hijos de sus amigos y compañeros de gobierno y de partido estarán en la línea de fuego. Acaso alguno, un orgulloso teniente o capitán, si los norteamericanos le conceden a la Real Fuerza Aérea algo mas que el papel de mandaderos, tendrá la oportunidad de lanzar unas bombas y anotarse en su hoja de servicios el dudoso honor de haber provocado unas cuantas bajas colaterales. No señor Aznar, esa guerra que anda promoviendo y que habrá de manchar de sangre sus manos no llevará a su casa duelo alguno. Ni crespones negros por los caídos, ni muletas para aquéllos a los que mutiló una mina. Así es fácil cumplir con la triste y vergonzosa tarea de andar de escudero del fundamentalismo norteamericano. Qué vergüenza. Mire: llévese sus espejitos a otra parte. Ya no estamos para cambiar el oro por las baratijas que ofrece. En todo caso, señor Aznar, ándese a Washington de una vez a recibir sus órdenes.
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Yo tuve el infortunio, señor Aznar, de vivir la guerra. He resgitrado con mi cámara el momento preciso en que una mina revienta a un ser humano. He visto agonizar a un hombre joven, en la plenitud de la vida, partido el pecho por un disparo de M60. He visto picar sobre una columna de civiles a los helicópteros artillados y aún, a diez años de distancia, me produce una estremecimiento en el estómago el recuerdo de los rockets y las bombas cuando estallan. Perdí la cuenta de las madres dolientes, de las familias partidas, de los cadáveres regados en el campo. De los decapitados, de los mutilados. He visto llorar a hombres armados hasta los dientes. Los he visto cagarse de miedo. Suplicar. He visto a los más orgullosos oficiales destripados. He recogido en el fango condecoraciones, placas de identificación. Caminé por entre las pilas de muertos de la morgue de Sarajevo, entre los fierros retorcidos del llamado callejón de la muerte a la salida de la ciudad de Kuwait donde fueron masacrados, cuando se retiraban, los otrora orgullosos guardias republicanos. Recuerdo horrorizado una zona en las faldas del Volcán San Salvador conocida como el playón y donde los escuadrones de la muerte tiraban los cuerpos de sus victimas.
Yo, señor Aznar, he sentido vergüenza, asco, dolor profundo, impotencia. No puedo mirar a mis hijos a los ojos sin rezar, no sé a quien, que la guerra, que es un monstruo grande y pisa fuerte, no los alcance. Siento todavía vergüenza porque tuve que dejar, desfalleciente, a una anciana que se desangraba, herida de un muslo, en una carretera. Tengo en el alma muchas cuentas pendientes de las muchas ocasiones en que no pude detener a la muerte que devoraba ansiosa a un civil inocente o a un desafortunado combatiente que quedaba ahí, insepulto, pudriéndose. Siento todavía dolor e impotencia porque he visto morir niños, muchos niños, demasiados niños. Niños, inocentes iba a decir, imagine el grado de estupidez, ¿como si los niños pudieran ser otra cosa?, a los que una bala perdida, una esquirla de mortero, una ráfaga de fusil arrebató la vida. A unos mientras jugaban, a otros mientras dormían. Y he visto a sus madres desesperadas clamando justicia o simplemente llorando inconsolables, y entonces he debido retratarlas, entrevistarlas. ¿Se imagina? Buitre. Zopilote. Reportero. ¿Qué siente usted, señora? Las preguntas más estúpidas y las mas necesarias porque a fin de cuentas para exorcizar la guerra hay que documentarla. Me acuerdo del niño asesinado al amanecer, mientras caminaba rumbo a la escuela en Sarajevo. Tengo su rostro clavado, tatuado, esculpido para siempre en mi memoria. Por él, por tantos muertos y por los poetas de España le pido, le exijo que vaya. Que calle y se vaya a otro lado con sus cantos de guerra.
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Apaga la T.V. y enciende un buen libro
